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Invercargill

Nos fuimos de Queenstown en busca de la segunda escala de los Pumas, la ciudad de Invercargill. Queda en el extremo sur de la isla sur, más frío y más lluvia.
Cuando salimos del hotel, Gustavo consiguió el primer canje de casaca. Agarró dormido a un inglés que salió de la habitación de al lado y le entregó una auténtica La Salada por una Nike con la rosa. La consigna era atrapar a alguien borracho o dormido. El inglés estaba dormido.
De nuevo en la ruta, el gallego del gps, volvió a ser una persona confiable, desde el incidente de Wellington no molestó más.
La ruta es de montaña, con muchas curvas y como siempre todo verde y lleno de ovejas. A la salida de Queenstown vimos varios viñedos también.
Algo que llama la atención es que, por los lugares que anduvimos, no hay ostentación. Se nota progreso, trabajo, y una vida acomodada hasta en los pueblitos más chicos, pero no observamos super mansiones o barrios de super lujo. Austeridad inglesa tal vez.
Cruzamos a un montón de escoceses que se dirigen a la misma ciudad a jugar su segundo partido con Georgia. Horacio saludó a uno, el cual amablemente le dijo que nos veíamos el 25 en Wellington en la “batalla por el segundo puesto”.
Volvimos a tener problemas con la policía. Esta vez fue por ir a 125 km/h. De nada sirvieron las excusas, que era una bajada, que no nos dimos cuenta. A pagar de nuevo la multa. Eso sí, todo con una sonrisa y con una lección del servidor público sobre los riesgos que corremos por manejar “tan rápido”. Hasta le dimos el carnet de policía argentina (con uniforme y todo!!!) de uno de los centralistas perteneciente a la fuerza. El tipo lo miró, sonrió, y lo devolvió sin decir palabra.
Nos quedó claro y luego de dos multas que la velocidad máxima es 100 km. A golpes se aprende.
La ciudad de Invercargill es chica, sin edificios. A nuestro arribo las banderas dan la bienvenida a argentinos, escoceses, rumanos y georgianos.
Justamente tenemos entradas para ver Escocia-Georgia.

El camino

Todo verde

Invercargill

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Piquetes

En el primer mundo también hay piquetes.
Camino a Invercargill nos topamos con uno.

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Queenstown

Llegamos a Queenstown, aldea de montaña, aún con nieve. Queda en el centro de la isla sur y de camino a nuestro segunda escala rugbística. Es el paraíso de los deportes extremos e invernales, la oferta es interminable. Ofrecen sky, helisky, bungy jumping, rafting en aguas heladas, jetboat, saltar de a dos desde un risco, etc. etc.
El lugar es muy tranquilo, una gran cantidad de moteles y un pequeño centro comercial. Todo a la orilla del lago Wakatipu y rodeado de montañas con nieve.
Tanto los jugadores ingleses, como rumanos eligieron concentrar aquí. Nos cruzamos con varios de ellos por la calle.
Llegamos tarde, casi de noche con un frío importante. A pedido de uno de los viajeros, buscamos un hotel que tuviera jacuzzi y/o sauna.
Al día siguiente, de toda la oferta de deportes extremos, nos decidimos por el menos peligroso.
Una lancha que vuela sobre el agua, pasa cerca (muy cerca) de las rocas en un cañadón estrecho y da vueltas de 360º. Además te mojás con agua helada de deshielo.
En el paseo surgió una frase célebre que luego se repetiría hasta el hartazgo: “nunca le vamos a ganar a esta gente porque están todos locos”.
A la tarde nos encontramos con Wally en la ciudad. El quinto beatle, pero que en este caso, toca con otra banda.
Una curiosidad, comimos en un bar irlandés y nos trajeron una piedra caliente en donde se pone la carne cruda y cada uno se la cocina a su gusto. El bife llegó a la mesa sin marcar. Bien vikingo y bien rico.

Queenstown

Arrowtown

Jetboat

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Dunedin

Amaneció nublado y frío en “Little Edimburg”. La caravana mágica salió a recorrer la ciudad que estaba desierta y mojada por la lluvia. Sin rastros de la alegría inglesa o de la decepción argentina. Todo limpio, no hay latas, no hay basura, sin nada. Muy poca gente.
Dunedin es una ciudad universitaria, al estilo de La Plata en Argentina. Acá está la sede de la Universidad de Otago y viven estudiantes que llegan de todo el país.
Pocos negocios abiertos en el centro. Quedan si, algunas motorhomes de argentinos.
Visitamos Cadbury (chocolate) y Speight´s (cerveza).
A la tarde, a pesar del frío polar, fuimos a ver el mar. Despues de varios días aquí, nos sigue asombrando la falta de rejas y la pulcritud de todo. En un club de rugby muy modesto al lado de la playa, el pasto estaba impecable y chicos de diferentes edades, jugaban criket y pateaban a los palos. Era el atardecer de un domingo nublado y lluvioso.
Mañana nos vamos a Queenstown.

Domingo en Dunedin

Rambito y Rambón

Maoríes sin frío

Maoríes con frío

Pacífico Sur

Pirates Football Club

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Haka

Haka no apto para personas impresionables o con problemas cardíacos.
Debía este post.
Pensar que el Haka es un ritual o danza guerrera milenaria… Hasta hoy!!!


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Himno

Himno

Este fue un momento especial, imposible describirlo adecuadamente. Nobleza obliga, los ingleses lo cantan aún más fuerte que nosotros.

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Mas del primer partido

Fiesta previa

Fiesta previa 2

Amigo inglés

Himno en la plaza

Carapintada

Caralimpia

Payaso triste

Estadio

El Tano y amiga inglesa

El Tano a la izquierda y el Sr Loffreda a la derecha

Mr Jonny

Tercer tiempo

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Argentina 9-Inglaterra 13

Dunedin

Argentina 9 Inglaterra 13

Llegó el gran día. Vinimos a esto.
Nos despertamos temprano y comenzamos el trayecto a Dunedin. Una caravana impresionante de autos y motorhomes, todos despacio y respetando.
Ni bien arribamos a Dunedin fuimos a la plaza central y era una fiesta. Pusieron un escenario sobre la calle principal y todos los negocios del centro dan la bienvenida tanto a “argies” como a “english”.
Conseguimos las últimas dos habitaciones de un motel alejado 20 cuadras del centro.
Decidimos ir a la cancha caminando, previo paso por el centro.
Los ingleses se toman todo el alcohol antes del partido y ahí en el Octagon se mezclaban con los argentinos.
Es todo muy raro para nosotros, esa cantidad de alcohol en una sociedad como la nuestra es, por lo menos, peligroso.
Aquí no hubo una palabra de más. Cantaban los himnos, bailaban y gritaban.
Nos prendimos un rato y seguimos para el estadio. En el camino nos invitaron una cerveza en un bar repleto de adolescentes chilenos alentando a Los Pumas.
El estadio es una maravilla. Nuevo, techado y recién terminado, se inaugura hoy.
Abrieron las puertas y la entrada fue ordenada, todos mezclados con los ingleses.
Los mayoría de los locales está con nosotros, aparentemente tienen cuentas pendientes con su madre patria. Nosotros también.
Un capítulo aparte son los disfraces, desde cruzados con espadas, hasta pumas gigantes, pasando por enteritos, presos, caballeros y turbantes.
Subimos la escalera y allí estaba, las luces, el césped, la música, las pantallas gigantes y nosotros.
Atrás nuestro se sentó Loffreda con esposa e hijas, gentilmente se sacó un par de fotos a pedido de Pepe. Gustavo lo llamaba “Tano” y Pepe “Sr. Loffreda”. El pobre tipo todavía debe estar soñando con las palabras de Gustavo, quien decidió comentar y “opinar” el partido con su amigo el Tano.
Calentamiento de los dos equipos, Wilkinson practicando cerca.
Himnos y partido.
Que decir del partido, escribo esto, dos días después, y nos dura la bronca.
No merecimos perder.
Sabía que se le podía ganar y que sería cerrado. Los ingleses no pudieron hacer nada, apareció como siempre ese plus de los jugadores argentinos. El que pronosticaba un carro a favor de Inglaterra no sabe nada de rugby. Cometimos un error y fue try.
Terminó el partido, saludamos al Tano y no hablamos entre nosotros por lo menos por 15 cuadras.
Cenamos en un restaurant italiano del centro. En el trayecto, gente de diferentes edades, nos dijo: Bad luck, you deserve to win!!
Sin duda que fue así

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Rotorua-Wellington

Rotorua-Wellington

Nos despertamos en la pocilga con frío y salimos luego de un mini café instantáneo.
Ahora que la vi de día, la ciudad es baja y muy chica. Pero mantiene el orden y limpieza de los lugares vistos hasta ahora.
Seguimos ayudados por el clima.
La primera parada fue en una reserva maorí, en la misma ciudad de Rotorua. Allí nos explicaron el origen de su cultura, la llegada de los ingleses, métodos de comunicación., danzas y artesanías.
En la misma reserva se encuentra el geiser de Pohutu y es parte de la visita.
Con el mismo guía, había argentinos, galeses, ingleses, japoneses y sudafricanos. Se vive el clima del mundial.
El idioma inglés que se habla por estos lugares es muy cerrado y ni hablar del que manejan los maoríes, cuesta bastante entenderlos.
Imperdible el baile del Haka, en el templo maorí, que hicieron Gustavo, Pepe y Horacio.
Al mediodía partimos para Wellington, la capital del país. El viaje fue largo y siempre hay camino de montaña por lo que se hace lento…
Tuvimos algunos inconvenientes en este trayecto. Primero nos peleamos con el gallego que está adentro del gps (yo les dije que ese tipo no era de fiar), en un momento se bloqueo y nos mandó por otra ruta. Nos enojamos, pero le dimos una segunda oportunidad, siempre hay posibilidades de aprender en la vida. Nos volvió a joder. A la guantera y a callarse gallego, hasta que no entiendas no salís.
El segundo, tercero y cuarto inconveniente de este viaje fue con la ley. No entiendo esa costumbre que tienen algunos pueblos de la tierra de respetar las leyes. Cuando la velocidad máxima permitida en la ruta es 100, porque van todos a esa velocidad? Inexplicable.
La primera falta por la que nos detuvieron, con persecución y todo (si la hacemos, la hacemos bien) fue por manejo peligroso, según el simpático y veterano policeman. Nos dio la lata de rigor, nos entregó un folleto de esos que demuestran que la policía está al servicio de la sociedad (??????) y nos dejó ir.
El problema fue que alguien en el pueblo por donde habíamos pasado nos denunció, llamó a la policía y nos persiguieron.
A los cinco minutos, nos volvieron a detener por exceso de velocidad. Está vez nos persiguió un simpático gordito de vida aburrida y bucólica. El tipo venía en la dirección contraria, dobló en U y nos corrió. Charla de rigor, simpatía al por mayor pero nos acostaron con 120 dólares de multa. Decía el gordito que nuestra velocidad era de 117 km por hora y también nos dejó en claro que en su país son muy estrictos con las leyes. Nosotros le dijimos que en el nuestro también, pero no nos creyó. Se barajó la posibilidad de decirle: “maestro, como podemos arreglar esto”, pero nos pareció mejor cerrar el pico y seguir.
Un rato después, nos volvieron a detener para control de alcoholemia, esta vez pasamos sin problemas.
Llegamos a Wellington cansados y de noche, nos volvimos a pelear con el gallego. Una oportunidad no se le niega a nadie, pero demostró que es un resentido.
La ciudad parece más vieja que Auckland y el hotel está bien.
La única contra es que me tocó en suerte compartir cama con Gustavo, porque la parejita de Horacio y Pepe está peleada, decidieron poner un poco de distancia en su relación, y nos dieron la matrimonial a nosotros.
Definitivamente soy un persona con suerte.

Entrada a la reserva

Trabajos en madera

Otro

Geiser brotando

Tres maories latinoamericanos

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Waitomo y Rotorua

Empezamos el nuevo día en Auckland a las 6 de la mañana, dicen los expertos que es por el cambio de horario. El clima sigue ayudando.
Hay graves problemas entre los cuatro viajeros por el nivel de ronquidos. Todos se enojan y nadie se hace cargo del propio. Es igual que con Cristina, nadie la votó. Aquí nadie ronca.
Salimos de Auckland con dirección a Waitomo Caves, una serie de cuevas que están aproximadamente a 200 km. de la ciudad. Costó algunos kilómetros acomodarse al volante en la derecha, pero no fue tan difícil como parecía.
La ruta siguió impecable, lo mismo que los campos. Está todo sembrado y lleno de animales. El paisaje es impresionante.
Llegamos a Waitomo, después de almorzar. Las cuevas, son rarísimas, miles de estalactitas y estalagmitas. En una de ellas hay una especie de gusano luminoso pegado al techo. En realidad son miles de gusanos y parece una constelación.
Luego de Waitomo nos fuimos a Rotorua, adonde llegamos casi a la hora de cenar.
Por todos los pueblos por los que pasamos, hay clima de mundial, preguntan de donde somos, y lo llamativo es que saben donde queda Argentina. La gente es muy amable al igual que el gallego del gps, que nos llevó de un lugar a otro sin problemas.
En cada escuela o plaza hay una cancha de rugby. Es la religión de este lugar.
El hotel que nos tocó en suerte en Rotorua, es una pocilga barata, fría y con olor a frito, atendida por un chino sonriente. Ninguna de nuestras esposas entraría a un lugar como este y la verdad es que hacen bien.
Vamos de nuevo con el concierto nocturno.

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